domingo, 26 de septiembre de 2010

sin nombre


Hace tiempo decidí no ser una mala copia de nadie, menos de ti.
Ya había transitado muchos senderos gastados
(los que usan todos tarde o temprano).
Yo que tengo esa rebeldía a todo preferí “salir”,
ser yo, recorrer mi propia senda, aunque acabe en perdición.

El licor lo tomo no para olvidar,
como dicen por allí
sino para ser una yo menos pesada
para hablar cuanta pendejada.
Tampoco lo bebo por nadie
pues nadie me provoca tal pasión.
Si una vez tuve algo vivo dentro
hoy se ha dormido o se ha muerto.
No me acuerdo ya de nadie y si lo hago de ti
es sin razón y sin sentimiento.

Yo no me cubro los ojos
ni los escondo tras unas gafas de sol.
Yo veo y me dejo mirar…de vez en cuando
No hay nada que ver en un cristal blanco.
Me he peleado con el teléfono
con la gente también
El mundo es un lugar absurdo
contradictorio, un poco inmundo.
La contradicción la aceptaría
si no fuera entrelazada a falsedad,
a dobleces e hipocresía.

Yo no quiero estar anestesiada, muchos años ya de eso
Si el mundo vive para anestesiarnos
yo vivo para ser y hacer lo contrario
de lo que me dicen y me dan.
Decidí también no salir de casa
o salir lo menos y evitar al mundo
porque prefiero observar,
ser observadora del mundo,
de la gente, del lugar.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Parir un escrito


“La ruina trajo consigo y de la mano las musas”- Enrique Bunbury
La Poesía no se tiene con cesárea. Es un parto lento, crónico, vital y eterno, con dolor. No se escribe (al menos es mi caso) cuando se está alegre y la vida te sonríe, cuando vives anestesiado por fluoxetina, paroxetina y otras drogas anestesiantes. Eso te puede dormir los demonios y paliarte el dolor pero no te permite estar vivo, estar presto a parir.
Escribir es la necesidad de los insatisfechos, los abrumados con la ruina mental, y social. Dudo saber de escritores felices, buenos escritores, quiero decir. No esos que te hablan del ice cream que se comieron, del shopping que hicieron o de lo down que andan hoy.
Y luego el parto, resulta siendo más un aborto. Yo que he parido reconozco la alegría que trae consigo un hijo. La creación te trae más bien un alivio, haber sacado aquello que te quemaba la garganta, que te irritaba las manos, que se moría en tu vientre y te llevaba consigo.
Y qué decir de las musas, las lesbianas (en mi caso) que te embarazan. Nunca tuve una que fuera bella. Eran más bien unas arpías de mitología, unas medusas maltrechas que me hipnotizaban con cantos de sirena endemoniada. Fueron aquellas veces en que quise cogerme a mi marido y no le provoqué el más mínimo pensamiento sucio; fueron las tristezas de un hogar roto; los llantos de una niña solitaria, rechazada, un engendro extraño; la soledad crónica tan amada; el miedo infinito a todo y a todos; fueron una mañana como hoy en que la vida me parece ajena, en que escribo para evitar la locura inminente, las lágrimas contenidas que me llevarían a volver a esos males llamados antidepresivos que me tendrían en el limbo con un aborto a medias desangrándose entre mis piernas, infectando mi alrededor (que ya bastante contaminado está).
Una narcisista solapada que escribe rodeada de familia propia muy ajena

sábado, 18 de septiembre de 2010

Nacho Vegas- el ultimo baile

El Deseo


Siempre pensó y deseó vivir hasta muy entrada en la ancianidad pues se imaginaba apacible y plena para entonces. Tenía muchos planes, sueños y lugares que quería ver. Disfrutaba mucho también de la música, de una secreta vida bohemia e incluso del complicado mundo cibernético. Su vida, a su parecer, era satisfactoria pero aquella noche tras meditarlo bien decidió que prefería morir joven para liberarse de un triste matrimonio en el que se había mal alojado a una edad demasiado temprana.
Sara López era una mujer de veintinueve años, en esa edad donde no eres demasiado joven como para despertar todas las pasiones ya, ni eres tan vieja como para ser sabia. Tenía una piel morena un poco marchita y unos pequeños ojos miopes (físicos y psíquicos), un cabello corto con actitud de “soy una mujer fuerte, ¡Aléjate!”. Su cuerpo que una vez fue tentador, ahora era una masa gruesa de pequeñas lonjas con celulitis a causa de la constante pereza en la que se había instalado desde que comenzó a tomar antidepresivos; los senos una vez bellos se convirtieron en dos macilentos sacos de residuos lácteos.
Sara conoció a aquel hombre que era su marido hacía ya doce años, en un hospital donde él trabajaba como médico. Era un tipo regordete que físicamente no había cambiado mucho a excepción de unas cuantas arrugas y canas nuevas, y quizás unos kilos de más, pero eso ya Sara no podía recordarlo porque había pasado tantos inviernos a su lado que apenas notaba las diferencias, comparando las fotos de antaño a su imagen actual.
Aquella noche como otras tantas, Sara López y Mauricio Cabezas discutían por las mismas razones que habían discutido los últimos doce años: la apatía de él, su falta de interés en ella y su mal desempeño en el arte del amor conyugal, que ella ya no le excitaba, y por último como todo esto le arruinaba la vida a ella. Él le respondía “me contestas mal, me insultas, eres muy enojada, no me tienes paciencia, no muestras interés en mí y en mis cosas”. Al verlos, ambos tenían razón. Eran criaturas demasiado dispares que el destino caprichoso hizo por unir y un embarazó garantizó.
Pero aquella noche era diferente. Diferente, porque ya ambos estaban cansados pero además ella acababa de descubrir que la dulzura que tanto anhelaba en su relación se había mudado a su sangre, y las botanas y las cervezas que paliaban sus días habían dado frutos en sus venas en forma de un respetable y creciente colesterol. Fue entonces cuando lo pensó. No quería vivir para seguir en esos juegos mentales crueles. Era demasiado cobarde, perezosa y miedosa para un divorcio- por ella tantas veces propuesto-, y huir implicaba estar viva pero lejos de sus hijos. Así las cosas era mejor morir, pues muerta no tendría que lidiar con las burocracias legales y sociales de un divorcio, no tendría que herir a sus hijos y ver correr sus lágrimas, ya muerta no se enteraría de nada ni de nadie.
Un amante. Sonaba bien y lo pudo haber sido de no ser porque tenía un verdugo por consciencia y la pena de ser descubierta no la habría dejado vivir. Pensar en que sus hijos se enteraran y que su marido botara su reputación tan intachable, era mejor la muerte. Era una mujer de honor, a pesar de sus errores. Le dio muchas vueltas al asunto, tratando de encontrar soluciones incluso descabelladas como asesinar al insufrible marido, pero esa era una complicación en la que no deseaba incurrir ni con su consciencia ni con la ley. Además no lo odiaba como para asesinarlo. Habría sido conveniente si él por razones ajenas a ella hubiese muerto pero siempre se supo escasa de tal suerte. Así que pensó. Pensó hasta bien entrada la madrugada, cuando el teléfono sonó.
De pronto era 1997, su madre la llamaba de un cercano país porque estaba en el hospital a punto de ser operada. ¿Qué pasó? ¿Fue una pesadilla? Corrió al aeropuerto sintiéndose extraña en aquel olvidado cuerpo de diecisiete años. La sensación era increíble, sentir de nuevo aquella piel tersa, aquellos músculos aún duros y pegados a su piel, sin grasa de por medio. ¿Cómo había regresado al hermoso día aquel?
Entró al hospital y recordó que no debía recostarse en la cama como la primera vez, porque fue así como conoció a aquel hombre. Entró a ver su madre, pensando más calmadamente que ni siquiera debió haber llegado, en primer lugar.
Mauricio entró a examinar a la paciente. La vio y le habló de las mismas trivialidades que había hablado hacía doce años, ese mismo año. Pero esta vez ella sabía mejor, ya había tenido esa pesadilla e imposiblemente había despertado para comenzar de nuevo en el justo lugar.
La invitó a salir como lo hizo antes. Ella le dio un rotundo “No” y le dio por primera vez las mismas miradas de desprecio y el mismo trato que le venía dando hacía años. Salió de aquel hospital con una sonrisa, sintiéndose demasiado afortunada de tener otra oportunidad, dejando al doctor preguntándose qué diablos le había hecho él a esa chica maleducada, mientras su madre se preguntaba avergonzada “¿qué rayos le pasa a esta niña?”.
Cruzó la calle agradecida de haberse librado de Mauricio. Iba más aliviada que feliz cuando un camión de recuerdos no pudo detenerse y la arrolló con toda la petulancia de las cosas grandes ante las pequeñas y frágiles. Así que pensó de nuevo, como lo hizo doce años después; pero no pudo porque ya no estaba allí. Había desaparecido de su hoy y de su ayer, por ese hombre otra vez.
Siempre había deseado volver a esos años y últimamente también había deseado morir.

de lo profano


Las uñas cortas casi destozadas: un leve frío espiritual que casi quema la consciencia. Una resaca de nostalgia, la añoranza de esa voz tan amada y conocida y tú que no eres más que la base vital de una vida inestable, casi muerta. Inspiración dipsómana, sentimientos anestesiados y añejados al dulzor de la perfección de armonías sinfónicas.

Hace tiempo no escribía. Hace tiempo, también, no sufría depresión. Supongo que el ciclo más largo de antidepresivos (2 años) surtió efecto y pude vivir sin ellos por 7 imperfectos meses. Ahora vuelvo a querer llorar y quién sabe, talvez pronto hasta me dé por quererme matar, pero eso mejor me lo callo y espero.
Ayer, en el aspecto positivo de esta nueva crisis, volví a sentir algo parecido a la inspiración y me han venido estas dos frasecillas (la primera es con la que he iniciado) y he aqui la segunda:
Me canso de preguntar a quienes "saben más" pues los caminos recorridos pesan sobre lomos de quien los hizo, les pertenecen; a mi lo ajeno me estorba y me esclaviza.Prefiero adentrarme en las selvas oscuras de mi inexperiencia y mi desengaño, que al final igual he de añadir a mi ya tan grande equipaje. Dejé de ser viajera de la vida para ser simple turista. Dejé lo profundo por lo profano y con ello he de vivir.

Pienso que estoy en la tercera década de mi vida y hay cosas como mi matrimonio que deberían funcionar mejor o dejar de existir de una buena vez. Mi problema es ser una cuadraplégica emocional, incapaz de tomar decisiones que afecten a otros, y en este caso los otros son 2 púberes de 10 y 12 años.
Yo ya estuve allí, en el ojo del divorcio de dos personas que jamás se debieron casar (mis padres) por lo que no quiero repetirles la historia a dos chicos que no merecen los desastres de dos enfermos mentales que son sus padres.
Por lo pronto y mientras decido que hacer de mi vida, escribiré, que es lo único después de las pastillas, que me da alguna suerte de calma.