lunes, 29 de noviembre de 2010

Una historia verdadera Parte I


Ella supo esa mañana a las 6:30, que se recordaría por siempre de esa escena en el parque, frente a la iglesia San Martín de Porres, con la brisa fresca rodeando su cuerpo inseguro y una señora cólera atravesándole la garganta. Valeria Durán estaba sentada a la par de su prometido Armando Bercián, un mentiroso sin vergüenza de vocación, que la dejó plantada para ir a confesarse antes de la boda por una borrachera gamberra, que ella tuvo que ir a espantarle a la cama. La noche anterior le advirtió con toda la desfachatez de sus años jóvenes que no se fuera de parranda con los borrachos amigos suyos, pero él lo hizo sin importarle ella o sus deseos, como lo hizo siempre. Y aún así, por un respeto invencible a su madre, decidió casarse, para disculpar la panza que indolente crecía a pesar suyo.
Hacía un año, el 28 de febrero, su corazón ajeno a la caja de pandora que luego enfrentaría, aún esperaba violento el incierto desenlace de un amor extraño. Su amor de entonces era un tipo de una sencilla complejidad que le gustaba y la atrajo desde el principio cuando una mañana de noviembre entró con los cabellos recién cortados y la barba bien afeitada (pese a los reclamos), para cursar los meses finales del último año de secundaria.
Hoy, más de doce años después su memoria retrocedía al parque. Habían transcurrido muchas peleas, una amante conocida (y otras clandestinas) e incontables lágrimas desde que perdonó al hombre irresponsable que tomó por marido.
Ese día pensaba en las incontables veces que el innombrable se perfiló como era en realidad antes de casarse. La dejó esperando horas por compromisos que nunca llegaban, flirteaba despreocupado con cualquier puta que se le cruzaba en el andar, y siempre veló sobre todo por sus propios intereses, de los que ella era parte material.
Pensaba también en los pocos recuerdos que guardaba de aquel amor adolescente que la consolaba cuando todo en su vida parecía ir mal, lo cual era más frecuente de lo que cualquiera imaginaba. Su aroma que inconfundible volvió a sentir un par de veces después de haberse alejado de él, su mirada profunda fija en la nada, unas fotos sin tiempo y aquella noche que compartieron, cuando ella lo escogió para ser el primero en su vida.
“Es que hay pecados que se pagan con sangre” se repetía, para aclararse que todo lo que le sucedía probablemente lo tenía bien merecido. Y aún así secretamente no aceptaba todo aquello y se preguntaba si realmente ella era tan malvada. A veces estaba convencida de que sí, porque no iba a la iglesia y porque en su mente había cometido todos los delitos posibles desde asesinar hasta suicidarse y desde fugarse sola con su egoísmo hasta entregarse a la lujuria de un amante que la tratara como reina. Y se decía “no, no debo pensar así. Dos malos no hacen un bueno” porque se resistía a huir o a entregarse a los amores prohibidos.

martes, 2 de noviembre de 2010

Señor Carrousel


Y tú señor Carrousel?
a la puerta, tras la ventana
los brazos de miel
mirada de abrigo.

Tú, Señor Carrousel en espera
de bandeja presta
lamiendo migajas

Deshaciendo las calles
la gente le ataca
único ciego, mister Carrousel

Dí ¿usarás tu nombre otra vez?
Dejarás que otras manos te besen la tez
remienden el corazón parchado

Si, tu´mister Carrousel
que perdiste la piel
la cubierta dignidad
que fuiste jabón.

Tu sonrisa lleva resaca
aquel vómito soez
pagaste la cocaína
quebraste las copas
las lágrimas tuyas

A ti señor Carrousel
las sobras en nombre ajeno
la tipa muerta en el diván
el sinsabor de la espera

Dejaste el orgullo en el andén
tú señor Carrousel
dejaste potenciales amantes
por ella, la Carrousel.

lunes, 1 de noviembre de 2010

DE RITUALES E IDIOTECES


Día de muertos dices.
Para mi todos los días conllevan muerte.
Conllevan una cuenta regresiva, pausada por las noches, pausada en las borracheras, cuando le quito el peso de esa capa de acero, la capa de dolor del alma.
Día del niño dices.
Yo vivo con aquella niña de rizos negros,
aquella a la que castigan con lazo mojado,
a la que azotan con una manguera,
aquella a la que sus padres odian.
Día de la madre, te atreves.
Yo vivo con ella, sus insultos me susurran al oído
me recuerdan una miserable hija de puta que jamás será ni remotamente buena,
ni valdrá lo suficiente.
Día del padre me escupes.
Yo te enseño la sombra gris tras mi espalda,
pesada, cargada con lentitud de funeral, con tristeza de abandono.
Diás y días mencionas hasta llegar a religiones, a rituales.
Yo te observo indignada, resignada.
¿Qué sabrás tú jamás lo vivido?
¿Qué entenderás de rituales e idioteces en los que yo dejé de creer?